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nvierno 2004Tabula de Contenido
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¿Cree Usted en Su Hijo?

Por Gene I. Brooks, Ph D, Miembro del Consejo de Administración de la TSBVI, Austin, TX

Resumen: El autor de este artículo comparte su historia personal al crecer como una persona con impedimentos visuales en la época de la segregación y los pasos que siguió para desarrollar habilidades laborales efectivas que lo han ayudado a tener éxito.

Palabras Claves: ciego, sordociego, historia personal, educación para una carrera, curriculum central expandido.

Cuando por primera vez se me propuso escribir este artículo, mi reacción inmediata fue que no tenía ninguna información útil que compartir con los padres de niños ciegos. Sin embargo, después de pensar un poco en el artículo, me di cuenta de que mi historia podría ayudar a dar esperanza a alguien. Después de todo, si no hubiera sido por mi tío y varios profesores muy especiales que conocí a lo largo de mi vida, no sería quien soy ni estaría donde estoy hoy día. Estas fueron personas muy especiales porque creyeron en mí y me dijeron que creían en mí. Sin embargo, desafortunadamente hoy en día hay muchos niños en educación especial que nunca oyeron palabras estimulantes como: vas a crecer y a hacer cosas maravillosas o cuando crezcas serás un médico. Por lo tanto, este artículo relata cómo llegué a creer en mí y digo a los padres: dejen que sus hijos los oigan decir “¡Creo en ti!”. Primero les contaré parte de mi historia.

KINGSVILLE, TEXAS Y LOS PRIMEROS AÑOS

Mi padre, igual que mi abuelo antes que él, trabajaba para el ferrocarril en Kingsville, estaba casado y tenía cinco hijos. Mi hermana gemela y yo éramos los menores. Nacimos el 14 de junio de 1951. Crecimos con mucho amor de parte de una familia grande y extendida y de una comunidad que se preocupaba por nosotros. Durante mi parto y el de mi hermana todo parecía normal, excepto porque al nacer, primero salieron mis pies. Durante los años siguientes, mi madre me observó para asegurarse de que cumplía con todos los hitos del desarrollo, sin saber si había algún tipo de defecto de nacimiento. A los tres años de edad, mi madre y mi tía notaron que mi ojo izquierdo se desviaba y decidieron llevarme a un optometrista quien dio el diagnóstico de “ojo débil”(estrabismo). En ese momento, la prescripción para el “ojo débil” fue que usara un par de anteojos y un parche en mi ojo más fuerte, tratando de fortalecer el ojo más débil. En resumen, durante los siguientes dos años, fui sometido a dos operaciones que intentaban corregir el problema y que no tuvieron éxito.

SEPARADOS PERO NO IGUALES

En 1955, nuestra madre nos matriculó, a mi hermana y a mí, en el kindergarten de una escuela Católica, aunque nuestra escuela segregada estaba haciendo un buen trabajo educando a niños negros. Nuestra madre pensó que recibiríamos una mejor educación en la escuela Católica, a pesar de que todos nuestros profesores negros de nuestra escuela segregada habían sido seleccionados cuidadosamente de Colleges de profesores negros y se pensaba que eran algunos de los mejores y más brillantes. Aunque se nos permitió asistir a una escuela local con México- americanos en los primeros grados, no se nos permitió asistir a la escuela con blancos hasta fines de la década de 1950 e incluso en esa época no fuimos educados juntos con los blancos hasta séptimo grado.

Mi primera experiencia escolar fue traumática para mí. Antes, recuerdo haber dicho a mi madre que no me agradaba ir a la escuela Católica porque las religiosas eran crueles. Sentí que eran crueles porque me pegaban con una regla en la parte posterior de la mano cuando cometía algún error y como cometí varios errores, tenía un dolor constante en mis pequeños nudillos. Después de escuchar mis reclamos durante meses, mi madre decidió retirarnos, a mi hermana y a mí, y nos matriculó en la escuela de nuestro vecindario. Durante los siguientes tres años, seguí teniendo problemas de aprendizaje. Después de repetir el primer y segundo grado, se decidió que yo presentaba un retardo mental y que necesitaba ser enviado a una escuela separada que atendía a niños con retardo mental. Después de estar allí aproximadamente seis meses, recuerdo que mi profesora envió conmigo una nota a casa solicitando que mi madre asistiera a una reunión de padres. En esa ocasión, mi profesora dijo a mi madre que no pensaba que yo presentara un retardo mental, sino que podría tener un problema visual. Por esa razón, durante los siguientes años mi madre me llevó a Houston para someterme a numerosos exámenes médicos. En 1960, recibí el diagnóstico de retinitis pigmentosa (RP) y fue en ese momento que mi madre decidió que nos trasladáramos a Houston para que yo recibiera una mejor educación.

En 1961, nos trasladamos a Houston, yo comencé a asistir a una clase para salvar la visión y me encantó. Por primera vez estaba aprendiendo, ya que el material especial que se usaba me permitía ver lo que había en el pizarrón, leer libros con letra grande y, por primera vez, interactuar con otros niños que tenían impedimentos visuales como yo. Permanecí en el sistema escolar de Houston hasta el otoño de 1966 y en ese momento mi madre me matriculó en la Escuela para los Ciegos de Texas. Al principio estaba programado que asistiera a la escuela en el otoño de 1965, pero mi fecha de ingreso debió ser retrasada un año cuando se abolió la segregación. En ese tiempo, todos los estudiantes ciegos negros asistían a la DB&O, que significa Escuela para los Sordos, Ciegos y Huérfanos de Texas (Texas Deaf, Blind and Orphan School) y todos los estudiantes ciegos blancos asistían a la Escuela para los Ciegos.

En el otoño de 1966, llegué al campus de la Escuela para los Ciegos y pensé que estaba en el cielo. Nuevamente vi a otros niños que tenían impedimentos visuales como yo y, por primera vez, tuve la oportunidad de participar en competencias deportivas y de tener citas. Sin embargo, mi transición de Houston a la Escuela para los Ciegos no fue del todo buena. Como el resto de la sociedad, la escuela estaba en proceso de integración y había algunas personas que no deseaban que estudiáramos allí y que trataron de complicar nuestras vidas. Sin embargo, por mi parte no dejé que esto me afectara demasiado realmente, porque pensé que estaba en el cielo, rodeado de tantas personas hermosas ciegas.

Cuando llegué por primera vez a la Escuela para los Ciegos, fui asignado nuevamente a primer grado. Es importante destacar que en 1966-1967 tenía catorce años de edad y estaba en una sala de clases con niños de sólo seis años. Algunos de esos estudiantes sólo llegaban a mis rodillas cuando estaban de pie. Después de que la escuela comprobó que yo podía realizar el trabajo de primer grado, fui trasladado a tercer grado y permanecí allí hasta que, junto con varios otros estudiantes negros, nuevamente fui asignado a una vía no académica. Permanecí allí más o menos hasta 1969. En el año escolar de 1969-1970, varios profesores comenzaron a preguntar por qué tantos estudiantes negros habían sido asignados a una vía no académica. Recuerdo haber oído a un padre que conversaba con una profesora que manifestaba esta preocupación y que le decía que se dirigiera a la administración y demandara que su hijo volviera a ser asignado a la vía académica regular. Después de oír la conversación, decidí ir donde esa misma profesora y decirle que deseaba ser nuevamente asignado a la vía académica regular y que quería graduarme con un diploma regular. Ella sugirió que llamara a mi madre y que le pidiera que hiciera una cita con el superintendente para que pudiera discutir mi retorno a la vía académica regular. Una semana después, me encontré con el superintendente en los pasillos y le dije que mi madre estaba preocupada porque yo estaba en la vía no académica y que lo llamaría para solicitarle que volviera a ser asignado a la vía académica regular. Bien, dos semanas después, estaba nuevamente en la vía académica regular y muy feliz. Lo interesante de este retorno es que nunca dije nada a mi madre sobre la conversación que había sostenido previamente con la profesora o con el superintendente y, por lo tanto, mi madre nunca se enteró de lo que estaba sucediendo. ¡Pero, funcionó!. Estaba fuera de la vía no académica y me encantaba esta situación.

¿Recuerdan que anteriormente les hablé de mi tío y de varios profesores especiales que creyeron en mí y que me hicieron saber que creían en mí?. Bien, creo que si no hubiera sido por ellos no estaría donde estoy hoy. De hecho, sé que no. Cuando era niño, mi tío me amaba incondicionalmente y siempre lo oí decirme que algún día yo crecería y sería un médico. Entonces, en los tiempos realmente duros, siempre lo oí decirme o decir a las personas que me rodeaban “Gene algún día crecerá y será un médico”. Y ¿Saben qué? esto realmente me ayudó a superar los momentos difíciles. Y créanme, hubo algunos momentos difíciles. Tampoco lo habría logrado sin aquellos profesores que siempre me dijeron que tenía la habilidad para estar en la vía académica regular. ¿Adivinen qué?, ¡Les creí!.

En 1970, después de ser nuevamente asignado a la vía académica regular, fui seleccionado para trabajar en un programa piloto donde los estudiantes trabajaban como ayudantes residenciales con los estudiantes más pequeños del campus. Ese año fuimos cuatros los seleccionados para trabajar en ese programa y todos trabajamos en él hasta que nos graduamos de la escuela secundaria. Tenía un dormitorio con 16 niños y mi trabajo consistía en despertarlos y asegurarme de que se vistieran y estuvieran listos para el desayuno. Después del desayuno, era responsable de llevar a los que necesitaban medicamentos al centro de salud para que se los administraran y luego llevarlos a clase. En lugar de una compensación monetaria por nuestros servicios, se nos asignaban habitaciones privadas. Y créanlo o no, la habitación privada fue la motivación para que todos nosotros participáramos en el programa. Éramos sólo cuatro estudiantes en el campus que tenían sus propias habitaciones privadas y éramos la envidia de todo el cuerpo de estudiantes. Como habíamos demostrado una sólida ética laboral, habilidades de liderazgo adecuadas y algunos creían en nosotros, la escuela nos ofreció a todos un empleo de jornada completa después de graduarnos.

Después de la graduación, en el otoño de 1973, fui contratado por la escuela y me consultaron si me gustaría trabajar en un programa especial llamado sordo-ciegos. Ahí supe que mi anterior experiencia laboral en la escuela secundaria me había ayudado a descubrir si deseaba o no trabajar en el área de la educación especial. Acepté el cargo y durante los siguientes ocho años recibí parte de la mejor capacitación preparatoria para trabajar en educación especial. No hablo de una capacitación formal, sino de las experiencias del trabajo día a día.

Poco después que comencé a trabajar en el Anexo de Sordo-Ciegos, me di cuenta de que estaba rodeado de un grupo de personas jóvenes que eran extremadamente brillantes, que estaban orientados a las metas y que pensaban que podrían hacer una diferencia en la vida de cada una de las familias con las que teníamos contacto. Por lo tanto, no me costó mucho darme cuenta de que amaba la cultura del Anexo y de que yo también deseaba continuar creciendo individual y profesionalmente. Fue así como decidí que deseaba asistir al College y estar algún día en posición de ayudar a las personas con impedimentos visuales y a sus familias a alcanzar sus metas. Finalmente, en 1975 mientras continuaba trabajando en el Anexo, decidí que mi meta era graduarme de la Universidad de Texas en Austin y seguir apasionadamente una carrera que pudiera usarse para cambiar definitivamente las vidas de las personas con sordoceguera e impedimentos visuales.

Esa meta finalmente me llevó a obtener un doctorado en filosofía de la Universidad de Texas en Austin en el año 2000. Actualmente soy investigador y asesor de rehabilitación y fui designado por el Gobernador Perry en abril de 2003 para trabajar en el Consejo de Administración de la Escuela para los Ciegos e Impedidos Visuales de Texas, donde realmente cambian las vidas de los jóvenes.


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Last Revision: September 1, 2010