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Las Crónicas de Dillon: Reflexiones sobre Nuestra Caminata Matutina

Por el Dr. John M. Slatin, Director del Instituto de Accesibilidad en la Universidad de Texas, Austin, Texas con contribuciones de Dillon

Resumen: Un adulto que es ciego describe con ricos detalles la ruta que él y su perro lazarillo recorren en su caminata matutina.

Palabras Clave: familia, ciegos, discapacidades visuales, Orientación y Movilidad, perro lazarillo, experiencia personal.

Es una hermosa mañana. Estábamos en medio de la década de 1950 cuando despertamos y ahora ya estamos a comienzos o en la mitad de la década de 1970. El sol ya salió y brilla con toda su intensidad; hay una leve brisa y un agradable aroma en el aire. Dillon y yo acabamos de llegar de una breve caminata. Esta es la tercera mañana consecutiva en que hacemos esto: ayer y el jueves dimos vuelta a la cuadra, primero caminamos al este hacia Duval, después doblamos al sur por una cuadra, luego al oeste hasta la calle 34, al norte hacia Tom Green y al este nuevamente hasta la Calle 35 y llegamos a la casa que está en el medio de la cuadra. Toma nueve o diez minutos. La mañana estaba tan espléndida que quise hacer algo diferente, extendí un poco la caminata. Así que en lugar de doblar a la Calle 34 le dije a Dillon que siguiera caminando; cruzamos la Calle 34 y llegamos a la Calle 32.

Cada cuadra es muy diferente. Desde la Calle 34 a la 33 hay una cuadra larga. En la esquina sur-oeste de la Calle 34 y Duval, hay cercos vivos que crecen desde el borde de la acera justo al llegar al tope donde comienza la parte protuberante de la rampa para sillas de ruedas. Dillon se detiene y espera que yo encuentre las ramas extendiendo mi brazo, luego avanza. En un minuto, vuelve a detenerse para que yo pueda encontrar la parte elevada de la acera con mi pie y hace lo mismo de nuevo algunos pasos más adelante. Algunas yardas después, tenemos que detenernos porque hay una rama colgando directamente sobre nuestro camino; hay otras justo al este de esa, así que Dillon espera que yo le diga qué hacer. Me agacho y le digo que siga caminando y continuamos hasta el final de la cuadra. Huele a otoño. Hacemos una pausa en la esquina de la calle 33, para que yo pueda escuchar el tráfico; no hay, así que cruzamos.

La siguiente cuadra tiene un clima completamente diferente. Hay plantas a cada lado de la acera – árboles y helechos, algunos llegan hasta la rodilla o hasta el muslo, otros llegan hasta el ojo, cada uno implica una decisión para Dillon y yo. Él pasa con la punta de sus patas por esta parte. No hemos caminado por aquí desde hace mucho tiempo, y recuerdo que él no está seguro, así que lo hace lentamente, no me hace bailar con él tan rápidamente como solía hacerlo. Llegamos al otro lado y después de algunos pasos ya estamos en el borde de la acera para llegar al camino que divide la cuadra en dos direcciones, una al este y la otra hacia el oeste. A diferencia del camino que va por el lado este de nuestra casa, este camino está pavimentado, con bordes reales a cada lado (demasiados para personas en silla de rueda), pero hasta donde sé aún es un camino. Al otro lado no es tan interesante – sólo un recorrido recto hasta la esquina pasando céspedes comunes. Hay un pequeño parche en la acera donde alguien puso una pasada de baldosa; está un poco disparejo, así que Dillon se detiene para recordármelo.

La siguiente cuadra no tiene simplemente un clima diferente nuevamente; es un mundo diferente. Toda la cuadra desde la Calle 33 hasta la 32 está ocupada por una inmensa casa con un inmenso terreno, con una pared/reja de ladrillo y hierro que colinda con la acera y está en un pequeño cerro. (Nuevamente) no hay tope antes del borde de la acera en la esquina sur-oeste y hay que dar dos pasos más para subir a la acera después de llegar al borde; el primero a una distancia más o menos complicada de la esquina, aproximadamente a un paso y medio; es difícil aun sabiendo que está allí y con Dillon guiándome. El otro lado de la calle es incluso peor, el terreno está bastante elevado y no hay acera. Detrás de una gran reja hay dos perros que lanzan un furioso ladrido cuando Dillon sube las escaleras y nos detenemos para que me deje tocar las ramas que se extienden sobre la acera. Uno de los perros parece ser bastante grande y tiene un gran ladrido y un gruñido ronco; el otro parece ser más pequeño, ladra con un tono agudo y corre más frenéticamente para allá y para acá. Ambos nos siguen durante todo el camino hasta que pasamos la casa, hasta que llegan a la última esquina de su patio. Yo los esperaba así que no me alteré ni disgusté como cuando lo hago a veces si me sorprenden cuando voy o vengo del campus. Pero, por supuesto, Dillon está alerta, tratando de mantenerse mirándolos y recordar que, además, se supone que tiene que guiarme. Pasamos la rampa para sillas de rueda que lleva al paradero del autobús #7 con rumbo al sur y llegamos a la esquina. Aquí en realidad no hay calle, aunque quizás alguna vez hubo una; es como un área de estacionamiento/parque. Capital Metro puso una rampa para sillas de ruedas aquí también, hace un año y medio o dos años. Revisé mi reloj; deben haber pasado unos 10 minutos desde que salimos de casa. Me siento bien, pero se me está haciendo difícil respirar y creo que éste sería un buen lugar para dar la vuelta y regresar a casa para no quedar sin aire en el camino de regreso. Así que eso fue lo que hicimos.

Me encanta esa caminata. La he hecho cientos de veces en los casi siete años que hemos vivido en esta casa. Está en mi ruta hacia y desde el campus – por Duval a San Jacinto, luego por San Jacinto a la Calle 24 E y frente a mi oficina en la FAC. Es una caminata genial: cada cuadra es diferente, con aromas diferentes, diferentes texturas bajo los pies, diferentes parches de luz y sombra, diferentes sonidos. Algunas están llenas de pequeñas casas particulares (algunas de ellas ocupadas por estudiantes). También hay uno o dos complejos de departamentos, una pizzería donde a menudo los estudiantes se sientan a beber cerveza en la terraza en las tardes cuando me voy a casa y hay un Laundromat, una estación del metro y un bar / local de hamburguesas, el Posse East, que ha estado allí siempre (también solía haber un Posse West, cerca de la Calle 24 y Rio Grande, pero se fue hace años). Y eso es todo lo que hay al norte del campus.

No sólo cada cuadra es diferente, sino que cada viaje es diferente también. Como dice el dicho, no puedes bañarte dos veces en el mismo río y evidentemente tampoco puedes caminar dos veces por la misma acera. Como Dillon está tan bien entrenado para detenerse, o por lo menos caminar más lento, cuando hay cambios de elevación, ramas colgando, etc. – cualquier cosa que me pudiera hacer tropezar – un cambio de sólo unas pulgadas hacia la derecha o hacia la izquierda de donde caminamos la última vez puede hacer una diferencia en lo que encuentra – un pedazo de acera levantado por la raíz de un árbol, una rama colgando, una puerta abierta en una reja.

Hace mucho, mucho tiempo que no hacíamos esa caminata, o por lo menos esa parte. Fue maravilloso, como redescubrir mi vecindario y volver a expandir mi mundo. Dillon parecía estar feliz y orgulloso. Le encanta ser mi guía y no le había permitido hacer mucho de este trabajo durante los últimos tres meses, incluso más, ya que Anna había ido varias veces a dejarme a la oficina después de que salíamos a tomar desayuno. Así que Dillon caminó feliz también y por supuesto movió mucho su cola cuando regresamos a casa y le dije el excelente perro que era.

Al escribir esto, recordé lo liberado y emocionado que estaba cuando fui por primera vez a San Rafael en 1998 (¡Me doy cuenta de que el martes será el aniversario número siete del día que fui a Guide Dogs!) a recoger al perro que resultó ser Dillon. En mis primeras caminatas con Dillon me sorprendió reconocer cuanto había retrocedido en los meses y años anteriores, tal como escribí en las Crónicas de Dillon.


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Last Revision: September 1, 2010