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Otoño 2001Tabula de Contenido
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Los Gestos Más Pequeños Pueden Declarar la Independencia

Por Sarah Barnes, Madre de Familia, Austin, Texas
Reimpreso bajo licencia de Austin American-Stateman, julio 30 de 2001

Nota de la editora: Sarah Barnes escribe de manera ocasional en la sección Vida y arte (Life & Arts) acerca de las alegrías y los retos de criar a un(a) infante con necesidades especiales. Puede comunicarse con ella por correo electrónico al adifferentroad@aol.com

La primera vez que lleve a mi hija Meredith a la Escuela Rosedale, literalmente me quitó la respiración. Mientras más veía a mi alrededor, más difícil me resultaba respirar. Apenas estaba dispuesta a aceptar las noticias de que mi hija bebita sería retrasada en su desarrollo, así que no estaba lista para esta escuela especial.

Mientras entrábamos, había una silla de ruedas rosa vacía perteneciente a una pequeña niña no mucho mayor a la mía estaba en el corredor. Grandes bolas de terapia y sillas especiales con correas extra parecían llenar las esquinas de cada uno de los salones. A la entrada de la escuela, un tablero mostraba más de una docena de esquelas de alumnos que ya habían fallecido.

Para el momento en que había llegado al salón de Meredith, estaba respirando con ansiedad. No importaba qué tan compasivos eran los maestros, no podía aceptar la posibilidad de que este sería el mundo de mi hija.

Eso ocurrió hace 3 y medio años. Desde entonces nos graduamos de Rosedale, pero Meredith regresa para la escuela de verano. Todavía me fijo en el equipo de terapia, pero sólo porque está ayudando a que Meredith aprenda como caminar y hablar. Las sillas de rueda ya no me impresionan, porque me enfoco a los niños en ellas, quienes son amigos de Meredith.

Aquí, como lo he aprendido, los avances se miden un centímetro a la vez.

Nunca me había sido tan claro esto como durante el reciente desfile del Cuatro de julio. Un pequeño edificio sin chiste alguno en West 49th Street, Rosedale se transformó en el centro de operaciones de Yankee Doodle, incluyendo un desfile del líder con vestimenta completa de patriota. Siguiéndolo alrededor del camino que rodea a la escuela, había miembros del personal y alumnos que ondeaban banderas y símbolos relucientes. Incluso April, el perro de terapia, estaba haciendo su mejor esfuerzo para mantenerse en posición estoica en una canasta sobre ruedas, con un sombrero ladeado. La mayoría de los alumnos se unieron al desfile utilizando sillas de ruedas, mientras que otros lo seguían en carritos rojos, incluyendo a mi hija. Aunque pocos eran los que podían marchar, este hecho no afectó al espíritu. En Rosedale, si hay un día para una celebración, se aprovecha.

Conforme empezó la música, mis ojos siguieron a Meredith alrededor del círculo para ver qué también estaba interactuando con todo el mundo. Pensé en su primer año en el desfile y como era incapaz de sentarse bien en el carrito y no podía identificarme en la multitud. Ahora se veía tan diferente. Este año, confiaba que podría saludarme.

Cuando su carrito se acercó más, grité con mi mejor voz soccer de mamá, “¡Saluda, Meredith!”

Ella me vio, sonrió, pero finalmente estaba muy abrumada. Volvió a dar la vuelta y su maestro, Robin le dijo, “Mira a tu mamá, Meredith. Saluda.” Sonrío, pero no saludó. Entonces todo el mundo ya estaba comenzando a sudar, e incluso April se veía acalorada. Siguieron marchando.

En la siguiente ocasión, conforme se acercaba el carrito, me moví hasta la orilla del retén, parada de puntas. No dije nada, porque Meredith parecía estar muy ocupada tratando de procesar el caos de la música, de los colores brillantes y la multitud. Pero en lo hondo de mi corazón, realmente quería que me saludara. Ya casi me había pasado. Entonces, en el último minuto posible, sus ojos me encontraron. La saludé. Y su bracito comenzó a levantarse lentamente y logró hacer un saludo de respuesta hacia mí.

Mi corazón dio un vuelco mientras me ponía de nuevo los lentes para el sol, queriendo evitar que la gente se diera cuenta de que mis ojos se llenaban de lágrimas por algo tan tonto. Cerca, los automovilistas amigables estaban pitando al desfile multicolor y yo quería gritarles que la pequeña niña en el carrito de enfrente era mi hija y que acababa de saludar.

Después de la quinta o sexta vuelta, el desfile comenzó a deshacerse. Todos regresamos a la escuela, debajo del letrero que decía “Aquí se Enseña la Independencia”.

En el interior, tenía ese viejo sentimiento de no poder respirar. Pero en esta ocasión no era por mi ataque de ansiedad. Era debido a mi corazón súper feliz que había podido ver a Meredith concebir su mundo un día de la Independencia a la vez.


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Last Revision: July 30, 2002