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Por Justin Grant, Especialización en Historia en la
Universidad del Norte de Texas, Arlington

Resumen: Un joven comparte los conocimientos que obtuvo mientras participaba en una caminata de expedición en ascenso por el gran Camino del Inca hasta Machu Pichu en el sur del Perú.

Palabras Claves: Familia, ciegos, experiencia personal, pérdida de la vista, ascenso de montañas, viajes por el mundo, fortalecimiento de la confianza

En 1999 se me diagnosticó la enfermedad de Stargarts. Me dijeron que había una posibilidad de que perdiera completamente mi vista central, que todo cambiaría y mi mundo quedaría al revés. Estaba sólo en el quinto grado.

Desde la primaria hasta la escuela intermedia, no deseé tener nada que ver con nadie que me preguntara sobre qué estaba pasando con mi vista. Me irritaba cada vez que alguien me preguntaba si necesitaba ayuda para ver algo. Sabía que sólo trataban de ayudar, pero no quería estar en posición donde necesitara ayuda. Era joven y deseaba ser aceptado por todos los demás. Pensé que no había forma de ser aceptado en la preparatoria si siempre necesitaba copias ampliadas de todo lo que hacíamos en la escuela. Mis padres observaban cómo reaccionaba ante las nuevas maneras en que las cosas estaban resultando después de que comencé a perder la vista. Ambos provenían de hogares donde se enseñaba la lección de si encuentras un obstáculo en tu camino, aprende a sortearlo. De modo que tal como podrían haberlo hecho cualesquiera de otros padres, los míos me legaron esta lección. Deseaba encontrar el camino para sortear el obstáculo. Si embargo, supe que, si iba a ajustar cuentas con la pérdida de mi vista, algo tendría que suceder; tendría que cambiar mi actitud y mi mentalidad sobre lo que estaba pasando conmigo.

Ello no fue sino hasta mi segundo año de la preparatoria, cuando mi consejero de División de Servicios a los Ciegos de DARS envió a mis padres un mensaje de correo electrónico sobre un viaje para estudiantes ciegos y videntes de ascenso por el gran Camino del Inca hasta Machu Pichu en el sur del Perú. La primera vez que mi mamá me contó sobre el mensaje y el viaje, sentí inmensos deseos de ir. Afortunadamente la empresa que auspiciaba el viaje me aceptó en el grupo. Había 18 de los supers, como nos llamaban. Nueve de ellos eran videntes, cinco eran totalmente ciegos y cuatro eran impedidos visuales. Todos nos reunimos en un refugio en Estes Park, Colorado, donde conocimos a Erik Weihenmeyer, el primer y único hombre ciego en alcanzar la cumbre del Monte Everest. Nos habían dicho que él nos guiaría en el ascenso en Perú.

Cuando llegamos a Lima, Perú, mi primera impresión fue, Guau, este lugar es un caos. Ni siquiera podía imaginar cuánto tenía de mundo extraño este lugar para una persona totalmente ciega. Después de llegar a conocer bastante bien a cada uno, comencé a reparar en cuánto me estaba centrando en mí mismo, tratando de salir adelante con mi pérdida de vista. El estar cerca de personas que habían perdido su vista por completo me hizo darme cuenta de que sí, que puede que esté perdiendo la vista, pero aún tengo algo de ella. Al principio, el perder mi vista me pareció injusto. Pero a veces estas cosas pasan, y tal como aprendí a arreglármelas durante esta experiencia con personas que son ahora algunos de mis mejores amigos, estoy buscando mi camino para sortear esta montaña metafórica. Sólo porque sean ciegos, ello no significa que no puedan alcanzar la cima.

Este viaje a Perú cambió radicalmente la forma en que consideraba mi impedimento. Es parte de quien yo soy, y tal como lo dijo uno de mis compañeros ciegos, Terry Garret, No permito que mi ceguera me controle, yo controlo mi ceguera. Terry Garret y todos los demás estudiantes ciegos que fueron con nosotros me enseñaron que a pesar de poseer una discapacidad, al igual que ellos, eso no significaba que no podía lograr mayores metas en la vida. El viaje a Perú cambió mi forma de pensar sobre mi discapacidad, así como también me abrió nuevas puertas.